Al peque de la casa,

Amado peque tengo que confesarte que cuando tu profesor te escogió para ser copresentador en el concierto de Navidad del colegio me asusté ¡Te entregó un diálogo de tres páginas! Apenas estás aprendiendo a leer, así que te tocaba aprenderte tu parte de memoria en menos de una semana. Aunque no te lo dije dudé de ti, no sabía si lo conseguirías. Pero aún así trabajaste duro, cada día ensayábamos dos veces, te costaba mucho, porque como siempre no parabas quieto y parecías despistado.

Entonces tuviste tu primer ensayo en el colegio y tu compañera se quejó ante tu hermana porque lo hacías mal. Reconozco que me desesperé, cariño, volví a dudar de ti.

Al llegar el gran día estabas guapísimo con tu camisa blanca y tu corbata negra.  Cuando saliste de detrás del telón contuve la respiración... a pesar de que estabas comodísimo encima del escenario saludando a todos tus compañeros con la autoconfianza que te caracteriza.


Para mi avergonzada sorpresa te metiste al público en el bolsillo con el primer "bon dia". Demostraste seguridad, soltura, saber estar, capacidad de improvisación (en las pequeñas partes que se te olvidaron y de las que nadie se dio cuenta) e incluso hiciste reír al público con tu desparpajo. Al acabar todos te felicitaban por lo bien que lo habías hecho. Tu profesor dijo que eras un crack.

Como siempre me demuestras que yo aprendo de ti más de lo te enseño. Y aún así tengo la osadía de pedirte algo: que siempre luches por tus sueños y tus metas con esa fortaleza y confianza que te caracterizan. Da igual que el mundo los comprenda o no, son sólo tuyos. Que nadie te coarte la libertad de brillar y demostrar que puedes. Que los miedos y las inseguridades de los otros no te limiten, ni tan siquiera los de tu madre.

Pero tu éxito me ha hecho recordar algo aún más importante y que con mayor frecuencia de la que quisiera se me olvida: te quiero por encima de tus éxitos y tus fracasos. 

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